lunes, 20 de noviembre de 2017

dos inviernos y un día de verano

Matt Black: Lost Hills, CA

El tiempo pasa; el tiempo es un objeto
escondido al alcance de la mano,
el futuro, que muestra su esqueleto:
dos inviernos y un día de verano.

Al tiempo le fatiga estarse quieto,
pasa del arte puro al puritano,
de la página en blanco, al mamotreto,
del polvo que ha de ser, al cuerpo sano.

Hace tiempo que el tiempo no se casa
con nadie, dura un siglo y luego pasa
por el ojo de un nudo corredizo.

Ocurre que acontece, y eso duele
como que un día de verano hiele
tras dos inviernos muertos de granizo.

domingo, 19 de noviembre de 2017

sin sorna


Our Love está sonando a un volumen atípico,
arquetípico. Es la antífona personificada, el rezo elemental, la corazonada en blue. Internacionalizar
la pasión, alzar columnas dónde. Observar todos los espejos posibles, los que están en el mundo (esos también),
los que reflejan el arte como no puede ser.

Otra Princesa: Anya Taylor-Joy. Con frecuencia ilimitada en esta senda del parque, los ojos
puestos en una fase de la Luna que se mueve a grandes rasgos. Y fuera que el Amor resplandeciese
allí, disuelto entre caracteres y monsergas, y gente que le buscaba alguna utilidad. El arte
al rescate de la vida. Anya que sueña su futuro
como una marioneta, fumadora pasiva, tan creyente. Dios es básico
y creer es necesario, una necesidad de las vitales, es preciso angelizarse (evangelizarse) a pasos contados, difuminar
arcángeles activos entre tanta luz solar, tantas prefiguraciones.

El parque no está en el campo, pero aparece en un campo de sentido
amplio en su extensión atómica, en su significado que abarca la totalidad de la historia, más de un siglo
de daño y convicción, un siglo de trenes ocupados (sin sorna), transiberianos y otras tormentas de la mente. El niño
que le dice a su madrastra: ven, vamos a ver la realidad.

Has de morir; lo predican los artistas en sus caducas performances
(las más ligeras); hay que admirar su energía, echarse a un lado, coronarlos de laurel y misterio. Vivificarse como
vampiros extenuados a través de la sangre que mana de la obra, conmoverse
con el rechazo de la actriz principal o de la chica guapa del bar, o de la chica que resulta
ser la chica más guapa de la barra del bar.

Aire –viene a decir el aire. El mundo se define exactamente mediante su vivacidad reflexiva.
Así, los sabios budistas afirman que la muerte es un acto reflejo. Pero los cristianos contraatacan con salmos
impenitentes (y poca paciencia). El poeta ha visto a Anya y se ha multiplicado
en su interior, se ha divulgado a grandes voces: los recursos inapropiados habituales.

Por el cielo, va y viene un cadillac no tripulado. Hasta los disparos son de atrezzo en homenaje a la chica del cine.
En la meca del cine se reza a una cámara vacía (sin ninguna orientación especial). Los borrachos
la confunden con un milagro en la tierra, la chica capaz de obrar el prodigio que llevamos esperando una eternidad
sin estaciones, pero ahora es el mismo
ferragosto, y reina en la memoria un solo frío inmaculado.


viernes, 17 de noviembre de 2017

hacia el arte


Es tan hermosa (y no es por darle coba)
como una intervención divina y eso
que solo de pensar en darle un beso
entra en acción el cielo y me lo roba.

Su pecho de cristal, su nombre@...,
tan blanca que parece hecha de yeso,
que no parece ser de carne y hueso
y hasta en el cuerpo de su letra inNova.

La furia de sus labios entra en liza
y por ellos la rima se desliza
húmeda como un sello clandestino.

Sola en su habitación desordenada;
ella, que a todas luces es un hada
y a todas luces es algo divino.

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Aquí Nova que indulta sus pestañas, se involucra en la metamorfosis,
mortifica como un cuadro de Velázquez. Para ella no es el parque, es la ciudad, con sus luces arropadas y su cárcel
modelo. Tampoco sobre la hierba; el jardín se ha romantizado en exceso,
es tan dulce que se nota. Y ella compra pasteles en un Starbucks, se contonea ante la melancólica
fauna del Bowery.

Una ciudad explota en sus movimientos, visita callejones mapeados, librerías de viejo,
mercados desabastecidos. Es preciso perseguirla entre movidas y llanto, bacanales de futuro,
ingeniosas fiestas con cacheos fortuitos y alcohol.

Cuando te mira se revela como una fotografía: su mirada, un cuarto oscuro donde invocar a dios.
¡Cuánta riqueza esconde su cabello!, labios profundos, insertados de diamantes y pornografía. Instrumentos
desacordes, sonido infranqueable, para tomarse un café viendo pasar los últimos autos baleados. Nova
ha reconstruido una manzana entera de pensamiento y palabra
(las obras no han empezado todavía).

Oh, la belleza esquiva de las catedrales, su enfermo protagonismo
arquitectónico, ebrias como pirámides. Ayer se levantó una pobre escuela de adobe a la entrada de Yale, y los graduados
echaban un vistazo adentro. Los niños virtuales escuchaban rock, viajaban a través de una rockola lisérgica
y descubrían el misterio de la Historia, sus vericuetos insospechados, su lenguaje voraz.

Ser tan bella y llegar de alguna parte, con un hatillo al hombro,
unas zapatillas de baile, la sangre y nada menos. Leerse una novela de principio a fin y escribir una nota al margen,
algo valioso. En la biblioteca hay una silla con su nombre, tan incómoda
como una silla de montar, como una silla eléctrica (también se accede a ella por un corredor interminable). Encima de la mesa
roncan los murciélagos, los libros son amados.

Nova se ha comido una letra de Mississippi, pero sigue hacia el norte.
En su memoria brilla el plano de un deseo; en sus ojos, un columpio gravita con el impulso escénico de la felicidad.

martes, 14 de noviembre de 2017

morirse es revolucionario


Todavía queda algún bar emocionante, algún sepulcro amable donde enterrar el amor. Los árboles
mandan señales, contorsionan sus troncos al ritmo de la seda que aletea la lluvia. Está el jardín arrebatado,
simulando una caída, en retroceso. Túneles bondadosos que recorrer; la oscuridad es un regalo
detestable. Ya no se puede recoger una rosa en el buzón, nadie olvida rosas por la calle
(ninguna rosa falta a la verdad).

Sobrentendidos, reclamos, relaciones que buscan la plenitud de la máscara; una alameda en el campus, una habitación
dormida, sin ventanas ni rombos, sin campanas nocturnas, sin doblez. En el bar, las muchachas
instruyen un relato emocionante, dividen su tiempo en pequeñas coartadas, llegan a la hora de cerrar.

Jordan con un verso en la punta
de la nariz, con un beso en el cuerpo, una palabra muerta entre los labios; su vestido floreado, su manojo de estrellas,
su corona. Cada reina depende de su estado, o depende del verso que la encuentra. Hoy la fuerza se reúne entre
dry-martinis y litros de ginebra colonial. El buzón siempre esconde una carta de mamá, un desinterés por las últimas
noticias del amor.

Morirse es una revolución; los viernes toca revolución permanente. Jordan es trotskista desde hace unas horas;
fustiga con su verbo a la burguesía sangrienta, a los coroneles. Este área es nación,
funciona como una nación en miniatura, está la barra del bar, está el servicio, están los reservados
reservados a la soledad, a la negritud y su bandera, solicitados por la voz y el flow, el funky que resbala
y aterriza sobre el vuelo azaroso de una moneda nueva.

Mahalia. Alguien como Mahalia clava su profecía, y cuenta. Las buenas noches son un tesoro, caminar
simplemente contando las baldosas, restaurando en la memoria las hileras de troncos doloridos, agacharse y tomar una mano,
una hoja seca, sumergirse en el cadáver del estío, así, de cabeza a las trincheras.

Siempre quedará una playa de sonido incierto, un espejismo situado en el cielo más reciente; el imponente
estilo de los pétalos, la serenidad de la tinta combinada con un rastro de lágrimas, como el veneno que ofrece la fortuna.
Sentarse a esperar otra coronación afinando la falsa monotonía del soul, el recitado superior, impagable y privado
de Nikki Bourbon en su mejor momento. La eternidad ha sido asesinada por un traidor
anónimo con alias de pequeño dios. Y todo se ha mezclado en un poema
que se parece al día de mañana.


domingo, 12 de noviembre de 2017

una de dos


Paralelamente, el poeta vegetaba en su rama (baja)
a la espera de un indicio, un augurio alternativo, pero solo escuchaba el riff instantáneo de una guitarra eléctrica
adicional. Despoblado de quehaceres, se agarraba al momento
insignificante, uno cualquiera: así se espera la muerte
o así se vive, una de dos.

Los gatos, una especie de especie protegida. No se pueden comer; pequeñas
fieras con garras de mármol y colmillos de ratón. El hacinamiento se produce en barracones
infectos, sedes de las naciones unidas, organismos oficiales. Hasta la Nación Cree ahora se une con semejante
cupo de pensionistas alejados del tedio de sus antepasados. Terminó aquel nacionalismo
experimental de los años veinte: los robots no se casaban con nadie.

En el parque, el rap aturde desde por la mañana temprano, el humo
se mosquea, magullado en sus flancos nebulosos, la hierba contribuye al desánimo arterial; ya no hay leña que recolectar
detrás de las guirnaldas, ni cuervos a los que poner en un pedestal kafkiano.

Beberse un té es un signo de rebeldía inocente, absoluta; hay una preparación
intrínseca al hecho de someter el esófago a esa tortura británica. El horario es decisivo, a las cinco son la diez,
nunca se sabe la hora, porque el sol sale cansado y solo aguarda una epifanía
mural, el desarrollo de una lapidación interesante que iluminar a conciencia; una procesión de lotófagos
sacados de una novela dura de Von Rezzori; otra novela rota en pedazos de cartón (por inexacta).

Jordan (que aparece y mira hacia arriba –como hace siempre– por ver si llueve: cámara/¡acción!) ve al poeta
recostado y sedicente, marcado por el odio como en una película entretenida, y piensa en aquel verso
dudoso, magistral e incoherente. Porque la lectura no es lo suyo, después de haberlo leído casi todo (igual que Keats).

Verso con gato y cierta consideración, cierta moderación; clásicos de Gary Clark Jr. sonando a todo volumen
entre los callejones y el miedo. Una fila india reclutada en la cola del hospital, páginas sueltas habitando un cielo
enteramente blue y el poeta que espera el impulso monástico, un pesaje correcto
o la huida hacia la noche de los ángeles. Una de dos.


viernes, 10 de noviembre de 2017

una ráfaga de rostros olvidados


Patear(se) la ciudad. Donde hay ciudad. Jordan pasea –walseriana. Aquí nadie
se preocupa, nadie atiende el mostrador de la funeraria, nadie cruza la calle emancipada,
nadie es nadie. La calle se extiende como si de una avenida se tratase,
horizontal y profunda, hasta la playa. Otro campo de minas bajo la arena urgente, otra clase de hierba.

La simetría es importante/enervante, traza circunvalaciones
alrededor de una idea, la reforma, la transita para compartir su entusiasmo
como algo físico. La preocupación trae consigo un espectáculo neuronal, un ciempiés de conexiones equivocadas
autorizándose a cometer infidelidades (atroces). Cuando el cementerio se aparece al doblar una esquina
y las lápidas murmuran sus comentarios (soeces) o afloran la verdad. Qué ternura
de piernas abatidas, huesos transigentes, mordeduras felices.

Mordiscos de la noche, en plena noche, arbitrarios; personas como moluscos, gente con libros bajo el brazo,
con cara de estudiantes de derecho. Nadie tiene pinta de estudiante, nadie
enciende la luz de su habitación, los pasillos son enteramente súbitos lugares en sombra, convincentes pasadizos.

Jordan fuma. Donde hay ciudad. Donde haya ciudad, depende de en qué mundo; en éste, las casas se pudren,
caen desde lo alto de su tamaño, y el estruendo. El humo es también
espectacular, sobre todo enfrente del espejo: convoca a los fantasmas. En el parque, la violencia es ciudad,
está contaminada, significa un estado agresivo de la materia; y los chicos
se mueven con estiletes y gubias, venden su alma gramo a gramo.

En serio: la realidad es maravillosa. Sin preocupaciones. Antes entrabas al bar y dejabas el día tras la puerta,
colgado de una percha como un gabán desvaído,
tan sobrio, y la oscuridad se afianzaba en tu corona como una situación adulterada, una ráfaga de rostros olvidados.

Hay quien alimenta sus manías, cuida de sus obsesiones. Hay una persona
para cada palmo de terreno, por cada bala perdida hay un cuerpo que se tambalea. Jordan baja la mirada
e imagina que la gente se ofusca y pasa alterada todo el tiempo, que constituye un cisma de prejuicios
en torno del amor y las buenas palabras. Aquí, nadie se juega el alma por un beso,
pero a cualquiera pueden romperle el corazón bajo una estrella sin nombre.



martes, 7 de noviembre de 2017

respiración asistida


Pues la vida es una grave consecuencia,
permanecen los árboles, no las mariposas,
no las rosas que rebullen y se agitan. Jordan se ha comprado una almohada en la Exposición de Primavera:
es una forma de ser.

Daban tanto miedo las multitudes, daban pavor. Ahora ya no hay peligro, solo hay un gran
peligro, un temor que prevalece, que no pasa de largo. Informadores que haraganean con sus novelas
falsas en las manos; páginas en blanco, escritas en tinta invisible para otros
ojos más interesantes. Páginas impresas con banderas y escudos
deportivos; y bengalas que nadie quisiera echar al cielo. El Partido se ha constituido sin primero de mayo que celebrar,
sin manifestaciones ni meriendas, ni juventudes acaloradas,
sin himnos.

Jordan se acuerda: estamos en el parque. El parque cuenta con su propia respiración asistida, sus propios animales
de compañía, su escala de prioridades. Aunque el cielo sea un problema
para el Amor. El Amor es un objeto que le das un puntapié como si fuera una piedra redonda, un fantasma
redomado, es un equilibrista haciendo el pino sobre la valla del jardín.

Se puede cantar; hoy está permitido, incluso con micrófono y a pleno pulmón. Una canción
protesta, una letra propuesta y sometida a votación popular. Es el pueblo el que se inclina, se reclina y aprende
a consumir las noches como somníferos, a debatirse fuera de la ley.

Será que la vida pasa de largo del Amor (una introducción). El crack obra su prólogo
indomable, crea su jerarquía. Una falange de formalistas asegurados avanza calcinando la hierba, violentando
tréboles. Pero nadie espera en casa, nadie apaga la luz del comedor. Una multitud de insectos
traslada polen y metáforas de una planta a otra; el público
no es que ame o tenga corazón, no es que tenga un hogar al que volver con la cabeza gacha.

Jordan ha vuelto a sonreír después de un siglo. Su palabra se mueve entre
dos ecos de espuma, entre dos rivalidades. Es tanto Amor lo que surge de su huella, lo que brota de pronto de su espalda,
tanto lo que sus pies de bailarina recuerdan confinados en campos de silencio
(pues no se habla de aquello que no ha sucedido jamás). 



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