sábado, 20 de julio de 2013

evolución


El animal asciende en su materia gris por la escalera
de la evolución. Considera un idioma y lo practica
con sus congéneres imaginarios. Es fuerte y decidido,
invisible también. Nadie lo ve acercarse a las televisiones encendidas
de los escaparates justo cuando emiten el partido del siglo (una reposición).

En la mitología, el animal siempre había sido una bestia, la bestia
sin aditivos tecnológicos, la bestia sin amor y sin compañía,
el monstruo que perseguía hermosas doncellas
y asustaba a los niños con el solo escarceo de su cola peluda.

La bestia era una bola de pelo con ojos como ascuas y garras fulminantes,
pero ahora que ha sido seleccionada por la naturaleza
muestra la altivez del crack, es el número uno y ha estilizado su imagen:
de la invisibilidad a una cierta ilusión sombría y terca,
del repelente olor a azufre a una inconcreta emanación de sándalo,
un incensario en mitad del vertedero.

Ah, pero hay cosas que no cambian por mucho que lo hagan las personas
(disculpen el tratamiento, pues) y la bestia permanece fiel a su gusto
por la belleza inmortal, fiel al imán que la belleza impone sobre sus remodeladas fauces,
ligada a la hermosura de una muchacha de cabello oscuro como cielo de tormenta,
con ribetes azulados de pura potestad y nervio.

Ha aprendido a leer y no suelta sus novelas de misterio, aunque, últimamente,
una vez completado su aprendizaje delictivo con su maestro, el Señor Azul,
parece fascinada por cierto realismo sucio que no tiene tanto que ver con Carver
como con Winslow y sus cabezas cortadas, Donnie Ray y sus pinreles de ultratumba
(puede que con Everett y su breve obra pública gigante y ejemplar,
tangencialmente con Bernhard y su teoría de la tranquilidad en el entorno familiar).

Ah, y cómo espera la llegada de las navidades o del cuatro de julio -o de cualquier
fecha significativa para los tarados sin criterio- para cometer sus fechorías
ambientales, sus delitos contra natura, para realizar sus apariciones festivas
mas horripilantes e inducir pesadillas a los críos que honran a sus padres.

El animal, ahora, se mira en el espejo y piensa en repeinarse esa mata hirsuta
e ingobernable que le caracteriza, todo por asemejarse a la humanidad que desprecia,
satisfecho de ceder al espíritu de la contradicción propio de los hombres.
Se mira en el espejo y ya no ve ferocidad y músculo,
sino afán de perfección,
en una palabra, poesía.




2 comentarios:

  1. "fiel al imán que la belleza impone sobre sus remodeladas fauces,
    ligada a la hermosura de una muchacha de cabello oscuro como cielo de tormenta,
    con ribetes azulados de pura potestad y nervio".

    Bella imagen, como muchas de las que no dejas de crear. Un abrazo

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  2. Resulta agradable que alguien valore estos pobres intentos míos tan "dejados de la mano de dios", máxime cuando ese reconocimiento viene de una magnífica escritora como tú. Muchas gracias por el comentario, Emma, y un fuerte abrazo.

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