martes, 11 de noviembre de 2014

palabra de dios


Qué calor. Su nombre y un estremecimiento, un hormigueo por la espalda; su voz arremetiendo, introduciéndose
por los resquicios de la vida, cabalgando la respiración, colonizando el pensamiento.
Hace un calor otoñal, especie de fuego, suerte de estrella cercana que es su voz, el sonido que abarca
el mundo en su integridad, en su política y en su metáfora, el pequeño escarceo de la letra que redobla su esfuerzo
y significa y se mantiene. El idioma remite a la edad de la dulzura, un meloso espejismo. Siempre en el espejo,
a todas horas el reflejo de un sistema indomable. Hay que organizarse ahora alrededor del verso, alrededor del mundo.

Este calor que hace estremecer la pena y conduce a la desesperación. El desengaño parece hielo,
quema. Solo quería decir la verdad, era su meta; entonces alguien pronunciaba su nombre y las arterias
burbujeaban, alguien farfullaba un deseo y la sangre circulaba por debajo de la tierra
como si fuera otra sangre más calmada.

Ella tenía un alma indivisible partida en dos. Cada mitad era dios con su espada y su cetro, su oro y su incensario
manejado por devotos creyentes. Ningún dios existía, pero, sorprendentemente, su alma seguía viva, volando
como un pájaro muerto, cabe decir, en espíritu, volando y planeando su método de conquista, observando
ciudades a vista de pájaro muerto, a ojos luz, controlando el movimiento tortuoso de las nubes,
dejándose más lluvia en el tintero. Porque el alma es un paquete bomba en el andén cuando, al caer la noche, el tiempo
no transcurre con solvencia, es otro artefacto que implosiona, se contrae hasta dejar de ser, sumido en el silencio
de su autismo y sus pedazos de gesto, los trozos de un lugar, partes y partes.

En parte, Keny era una pequeña diosa con su pelo recogido y auténtico. Sus milagros obraban catedrales modernas
con palillos de dientes, o inspiraban un nuevo evangelio en las paredes huecas del suburbio. No necesita
ir descalza a todas partes ni vestirse de blanco, ni soltarse el pelo siquiera (cierta blasfemia venial),
ni ponerse un vestido y girar como una peonza mientras los rayos del sol inciden con pericia sobre sus mejillas rosadas,
motean de alegría sus brazos inasilbes, las piernas atrevidas.

Este dios no se pone vestidos, ella sí. Es tan hermosa que ha decidido eso tan sencillo. Ha decidido ser
más hermosa aún que antes y un poco más triste todavía. La tristeza es su felicidad y es la felicidad del aire,
de su séquito, su tristeza es el contento de la poesía. Hay una tristeza que hace reír y duele del calor,
quema los ojos, un llanto que viene del estómago y se refuerza en la garganta con el verso callado,
retenido en la boca. Sus labios, que han escapado al poema, han conocido el amor sin mencionarlo, han sufrido
un tormento de promesas, por el momento, no creen.

Frida y Vladimir, el poeta y la diosa. En un ideograma; el underground de las mariposas falsas,
disparando una cámara entusiasta, preparados para la revolución. Keny y el poeta sienten su manera de estar solos,
hermanos en la ternura de un destello feliz, novios hasta el final de una palabra, durante siglos de papel.
Su amor es como sigue: hay un tren que no se para, nadie sube. Nadie ama, pero los besos rabian por el aire.



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