viernes, 18 de septiembre de 2015

carisma


Es un poco de sangre entre los ojos,
como una mancha alegre, una marcha que suena y se retiene en la mirada, un rastro
de pureza hilando despedidas. ¡Cómo reconforta! Ancha memoria
deshojando cadenas. Si traspasa la piel, un cráter luminoso,
una parte entre mil. La música que toma de la mano a la palabra y la conduce a un lugar retirado, a un destierro
que parece el lago que se sueña y es
tal como se sueña una partida, un tren acercándose despacio, una distancia que no entiende de gritos
ni perfumes ni hojas. Ni de ojos secos.
La frase y el recuerdo atónito de una felicidad sin arrumacos, apátrida. Los hechos
quedan fuera del vacío con sus obras, fuera del oasis que se desvanece en el verso y luce
solo en carne viva. Esta bendita humedad de los rayos solares,
el lloriqueo animal que sufre devastado, se enseñorea de las manos, del pecho; un odio
tradicional y casto, reducto de saberes extinguidos, un sentimiento que no se contamina
y no puede afectar al transcurso de la vida, que no se aparta cuando pasan los años,
su corta estela. Es un poco de sangre con su amor. Amor que se respira en todo el aire, por todo el aire llama
a las palomas, que no cesan y bruscamente mueren lejos de la ciudad dormida. Ser un pájaro, el gorrión
que atina con el cielo mejor que cualquier alma, mejor que un santo padre, que una oración;
su vuelo hasta el centro del poema,
hasta el núcleo secreto de la poesía, donde el genio aborta su talento innato y las monedas no sirven,
los pies renquean y se trastabillan, surgen de alguna caverna ignota las iluminaciones
o hay un mar, espejo del arte, reflejo de la niebla.
Sombra que atrapa
besos con sus dedos largos, meridianos, rectos. La sombra es un fulgor para los besos,
¡cómo ceden así de enamorados! Abraza y es un calor oscuro su mensaje, una aproximación a las estrellas,
astros de papel ceniza, lunes que no comienzan todavía
ni encuentran acomodo en la pared del hambre, su mural
después de la tormenta. Aquellas manos blancas de la lluvia, blancas como la nieve que retumba en el silencio
y acaso fragua una separación demasiado perfecta de su origen,
roza la perfección de los metales, la maraña del tiempo, su montaña desnuda bajo la luz más honda y el más profundo,
extraño desaliento. Es un poco de amor, tan rojo como el alma, rojo como una maravilla,
torres, labios, auroras.
Viene el amanecer y ya está muerto, detrás de su carisma, sobre el cuerpo presente de la noche.




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